La ofensiva católica en la década del treinta. La revista Criterio como instrumento de catolización de los sectores dirigentes argentinos.



Por Olga Echeverría (*)


El establecimiento, en 1916, de la democracia en la Argentina, conjuntamente con una compleja trama de transformaciones que se estaban produciendo en el mundo occidental, llevaron a algunos intelectuales hacia un camino de reivindicación de las jerarquías y el orden. Esta tendencia, iniciada, por lo tanto, unos cuantos años antes, fue ganando adeptos y radicalidad con la llegada de Yrigoyen a su segunda presidencia. Dentro de ese colectivo algunos escritores católicos, que en buena medida confluirían en la revista Criterio en el año 1928, iniciaron no sólo una campaña de desprestigio del gobierno radical sino también una incipiente ofensiva que tendía a la catolización de la Argentina.

Primera Parte

Introducción
Hacia la nación católica


Una vez producido el golpe de Estado de septiembre de 1930, que la Iglesia católica celebró iluminando los templos, los escritores católicos asumieron la reivindicación del movimiento y, por sobre todo, se dedicaron a remarcar la función y la actitud -necesaria y fundamental- que los fieles debían asumir en la creación de un nuevo orden político y social. Los intelectuales orgánicos a la Jerarquía eclesiástica (pero no sólo ellos, sino también otros con una vinculación más laxa con la institución) reclamaban la obligación de pasar de posiciones defensivas a otras ofensivas y la transformación de la conciencia en una acción pública, esto era la recuperación de la esencia cristiana del país que avalaba la construcción del “Reinado de Cristo Rey” (1). No se trataba, de un proyecto nuevo, aunque si era novedoso el entusiasmo y optimismo con que encaraban su realización. En buena medida, el derrocamiento de Yrigoyen por parte de lo que llamaban las clases “decentes” y la pasividad con que las mayorías habían aceptado los sucesos, permitía pensar que se abría un camino posible para su plan transformador. La reivindicación del Gobierno provisional, y del general Uriburu, ocupaba un lugar secundario con respecto a las constantes manifestaciones sobre el lugar que debían ocupar la Iglesia y los católicos en el panorama político y social emergente. Comprensiblemente, al hablar de la necesidad irrenunciable de un cambio moral y ético, la Iglesia y sus hombres se reservaban un futuro protagónico, y celebraban que los gobernantes estaban impregnados de un espíritu profundamente católico (2). Y este era un elemento determinante al momento de los elogios y las expresiones de esperanza, alimentada también por “la franqueza y valentía” que encontraban en los discursos y sus acciones “que nunca pretendían halagar a la masa” (3). Sin embargo, la mayoría de los intelectuales católicos remarcaron que las soluciones morales no se podían alcanzar de manera repentina o con simples reformas políticas. Y desde esa presunción participaron en el debate sobre la continuidad del movimiento que agitaba a las diferentes tendencias tomando partido, aunque no sin ambigüedades y titubeos, por la vía de considerar que una vez pacificada la nación, liberada de pasiones, debía encaminarse hacia la normalización institucional. Pero, sólo una vez que el orden se hubiera reconstruido. Así, tras la realización de las elecciones bonaerenses y habiéndose producido el triunfo del radicalismo, mostraron su descontento (aunque dedicándole escaso espacio a la cuestión) para con la falta de una reforma electoral previa a los actos comiciales ya que según señalaban, para bien o para mal, la masa no había tenido participación efectiva el 6 de septiembre y había sido “simplemente comparsa”. Advertían que el sistema electoral no respondía al verdadero reflejo de la clase que debía dirigir los destinos del país (4). Por lo tanto, y ante un pueblo sin capacidad soberana y “olvidadizo” había sido prematuro el llamado a elecciones, pues la masa no comprendía los objetivos primordiales de la Revolución. Pero, tampoco lo comprendían acabadamente todos los políticos que habían acompañado los sucesos del treinta y allí radicaba la verdadera gravedad del momento. Éstos, a diferencia de Urquiza y sus sucesores, no podían superar las diferencias, las rencillas y los conflictos y por lo tanto no trabajaban por la construcción de la unidad nacional (5). Señalaban que los partidos políticos no representaban a la opinión pública, al menos aquella que contaba, y sólo pretendían aislar al general Uriburu, y reconstruir su espacio tradicional de poder. El plantel dirigente no se había renovado en la dimensión que los escritores católicos pretendían y, en buena medida, seguía siendo expresión de “intereses mezquinos”.
Sin lugar a dudas, la mayoría de los esfuerzos de estos escritores estaba dedicado a señalar el compromiso “desinteresado” del catolicismo, tanto como su fortaleza moral y su carácter de reaseguro indispensable para la transformación y organización del país. Esta acción indispensable de la iglesia y de los fieles, insistían, debía fundarse en la urgencia por terminar con la amenaza primera de la ambición desmesurada de la potestad civil que siempre estaba proclive a avanzar sobre el gobierno de la Iglesia. Justamente, en una serie de artículos publicados en números sucesivos remarcaban la “verdad” del sistema católico que debía regir las relaciones entre los poderes de la Iglesia y el Estado, ambos con objetivos y fines diferentes, no opuestos ni contradictorios ya que se ordenaban el uno con el otro. Los dos poderes podían desarrollarse en sus campos particulares e independientes (6). Sin embargo, la independencia se terminaba en el ámbito moral y espiritual: allí la Iglesia disponía de la verdad absoluta y exigía ocupar el espacio de las definiciones éticas de la sociedad y la política, “el Estado ha de someterse a la Iglesia en las cosas espirituales” (7). Si el poder de la Iglesia no era respetado, toda la sociedad era víctima del “ateismo político”, “fuente de inmoralidad”. El Estado debía estar en función de alcanzar el fin de la “sociedad cristiana”, en tanto que el catolicismo debía salir del espacio privado de las conciencias para transformarse en el principio organizador de todo el cuerpo social (8).
Esta problemática que aparecía con tanta fuerza en las páginas de Criterio, también se reflejaba en la actividad de los Cursos de Cultura Católica, mostrando la importancia de la cuestión para el proyecto del catolicismo. En ese ámbito los potenciales futuros dirigentes de la Argentina se formaban bajo esas premisas y reflexionaban sobre los argumentos necesarios para obtener consenso social. Por la misma razón, desarrollaron un ciclo de conferencias sobre los vínculos entre Estado e Iglesia, titulado “Concepción católica de la Política” donde participaron numerosas voces, algunas radicalizadas como el sacerdote Julio Meinvielle quien se refirió a la estructuración socio- estatal de la vida política proclamando enfervorizado la perversidad del liberalismo y la injusticia esencial del sufragio universal (9).
Sin embargo, los referentes más cautos centraban sus alocuciones en la necesidad de reformar y modificar la Constitución en algunos aspectos, pero llamaban la atención sobre que buena parte de los problemas no eran constitutivos de la Carta Magna, sino de la particular forma en que se había aplicado, y la manera en que había sido interpretada. Las críticas se orientaban a dos cuestiones esenciales para el pensamiento y la institución católica: la educación pública y el derecho de patronato. Por eso, se manifestaban dispuestos a apoyar una reforma cuyos límites fueran fijados previamente y se tomaran los recaudos necesarios para que la Argentina no cayera en un proceso político similar al mexicano, entendido como una fase de revoluciones y contrarrevoluciones constantes donde la Iglesia era uno de los focos del conflicto (10). La apuesta reformadora del catolicismo tendía a reducir el papel de los partidos políticos en la convención, ya que ellos sólo restarían fuerza a la homogeneidad necesaria para salvar a la nación. Los partidos eran vistos como agrupamientos desordenados y confusos en sus ideas. Por lo tanto, para que la reforma fuese coherente, era necesario que estuviera “sometida a un pensamiento y a una autoridad”. Ese “pensamiento único” debía ,y sólo podía ser aportado por la Iglesia, pues debía ser un ideario que propiciara el orden y apoyara la configuración de una autoridad firme. Aducían que este reclamo era bien interpretado por Uriburu y sus ministros, que poseían una visión realista de la política, manifestaban un “verdadero fervor patriótico” y, por lo tanto, estaban capacitados para sacar al país del marasmo partidario, social y económico, reestableciendo el juego institucional, reformando sólo lo necesario e indispensable (11)..
Así, a las habituales críticas a la democracia, la negación de la participación activa e independiente de las mayorías en las decisiones políticas, después del golpe militar de 1930 los sectores católicos buscaban entronizar a la Iglesia como piedra angular de la política a partir de su carácter de unificadora de la sociedad. Como se advierte, el tomismo cobraba nueva fuerza y ocupaba el centro de la ideología sustentadora del proyecto resignificado de la nación católica (12) Afirmaban que la “sabia doctrina de la Iglesia” era el mejor instrumento contra el desorden, la sedición y la rebelión de cualquier género. Pero, indudablemente se sabían débiles para tan enorme tarea y es por ello que a lo largo de 1931, en pleno período electoral, llamaban a apoyar a aquellas magistraturas que representaban la unidad nacional (13). Insertada en ese proyecto, la propia revista Criterio se asignaba la nada despreciable tarea de crear una cultura “sana” y, por lo tanto, católica, a través de la difusión de los principios de la doctrina. Es decir, pretendía ser una revista de católicos que buscaba catolizar al conjunto de la sociedad, particularmente a los sectores intelectuales y dirigentes de la sociedad: “Ante el desconcierto de las ideas, ante la incoherencia de los sistemas filosóficos en boga, más o menos pasajeros; ante el desmedro y baja de los valores morales, Criterio opone la solidez de la doctrina católica, la unidad maravillosa y realizadora de nuestra fe, la afirmación categórica de una ética intergervirsable e insubstituible. De esta doctrina, de esta unidad, de esta ética, nos viene nuestra fuerza, nuestra confianza, nuestra responsabilidad” (14). Pensaban que la época era propicia, pues había pasado el tiempo donde lo que daba prestigio era el desconocimiento de la fe y se estaba entrando en un período de resurgimiento del espiritualismo católico, o por lo menos en una etapa histórica en la que nadie podía desconocer la potencialidad política de los católicos. Criterio, a través de su director, Enrique P. Osés, consideraba que el catolicismo seguía teniendo los mismos enemigos desde hacía más de un siglo, pero lo que había cambiado era su propia conciencia, el reconocimiento de su propia fuerza y valentía, “la conciencia de un triunfo final” (15). Lo que debía hacerse entonces, era aglutinar al catolicismo como actor político.

Esta ofensiva política del catolicismo, una cruzada dispuesta a penetrar en los menores gestos, incluso de los actos cotidianos, tuvo un momento de alta exposición con la publicación de la Pastoral de monseñor Juan Agustín Boneo, obispo de Santa Fe. En esa carta el sacerdote había llamado a los católicos a oponerse a todos aquellos que vulneraban, o pretendían hacerlo, los derechos y principios del catolicismo. Concretamente, lo que reclamaba era la desvinculación total de los católicos con el Partido Demócrata Progresista que promovía una plataforma contraria a los intereses de la Iglesia, una propuesta de reforma constitucional que implicaba una clara separación entre Estado e Iglesia. Así, apelaba: “favorece con vuestro voto a los que sepáis que han de contribuir a mantener íntegra vuestra religión en sus leyes y legítimas tradiciones, a los que en la administración de justicia y muy particularmente en la educación” (16)
Esta Pastoral, que tuvo repercusión pública en la prensa nacional y en las publicaciones partidarias, fue recuperada por la revista Criterio en numerosas oportunidades para remarcar que la Iglesia debía inmiscuirse en política para defenderse de los ataques constantes de algunos sectores hacia la religión y la institución. Por eso, instaban al clero a formar la conciencia de los fieles acerca de sus deberes en la lucha político-religiosa. La religión debía ser la guía de los católicos no sólo en sus vidas privadas, sino también y particularmente en la vida pública (17). Asimismo, protestaban airados ante algunos artículos periodísticos aparecidos, particularmente en La Prensa, que señalaban que el obispo Boneo, como todos los Obispos, era un funcionario del Estado, por cuanto vivía de su presupuesto. Criterio, por su parte, afirmaba que el Obispo no sólo tenía derecho, sino la obligación de llamar a los católicos a no votar por aquellos que propiciaban “la prostitución femenina legalizada bajo el nombre de divorcio” (18), pero que fundamentalmente con “espíritu de sectarismo trasnochado” pretendían modificar las relaciones establecidas entre la Iglesia y el Estado (19). Por su parte, Julio Meinvielle, con su habitual vehemencia, se sumó a la campaña defendiendo a la pastoral considerándola como una reacción inapelable ante una plataforma atea, al tiempo que retóricamente se preguntaba: “O se pretende acaso realizar un gobierno anticatólico con los sufragios de los católicos?” (20).
Indudablemente, la pastoral y su repercusión en la opinión pública fue un instrumento considerado útil para sumar fuerzas al reclamo de unidad de los católicos, para fundar un pensamiento que hiciera sentir que había un destino colectivo que abarcaba a todos los argentinos, unificados en tanto católicos, y diferentes a otras identidades, particularmente al protestantismo (21).
Todos esos discursos fueron también la introducción, los cimientos, a la constitución de la Acción Católica Argentina (22). La Acción Católica Argentina, como “providencial organización general de las energías apostólicas del pueblo cristiano” (23), estaba destinada a aunar, y disciplinar todas las acciones católicas bajo la supervisión, guía y decisión de las autoridades eclesiásticas. Se argumentaba que la unidad de los católicos, organizados y activos, era lo único que podía frenar la impiedad y los ataques de “los hijos de la antigua serpiente, que quieren establecer en el mundo el reino de aquella bestia del Apocalipsis que promete la libertad a todos los instintos materialistas” (24). Pero, lo más interesante de estos alegatos, más allá de su discurso encolerizado y provocador, era el reconocimiento de las ventajas que implicaba una organización como la Acción católica. Eran muy claros al respecto cuando sostenían que no se podía luchar contra enemigos nuevos y contra nuevas tácticas con las armas y procedimientos de antaño. La realidad había cambiado, y más allá del disgusto que la masificación de la sociedad les provocaba a estos sectores católicos de la derecha argentina, no tenían otro camino que adaptarse a esa transformación en lo indispensable y adecuar sus mecanismos de combate.
La creación de la Acción Católica Argentina, debía ser entendida como un apostolado orgánico para reafirmar y extender “el reinado social de Jesucristo”. El objetivo era mucho más amplio que el de ganar fieles, buscaba transformar al catolicismo en el principio fundante de toda la sociedad. Era un brazo de la Jerarquía eclesiástica que pretendía subordinar y limitar la autonomía del laicado. Por definición estaba por fuera, aunque sería más preciso decir por encima, de todos los partidos políticos. Sin duda, la creación de la Acción Católica Argentina estaba destinada a superar la fragmentación y la diversidad del campo católico. Encargada de sacar fortaleza de la debilidad, la nueva organización enfrentó dificultades, ya que numerosos grupos católicos preexistentes no aceptaron sumisos la pérdida de autonomía a la que se veían sometido por parte de las autoridades eclesiásticas. En ese contexto, Criterio jugó el papel de voz de la jerarquía y dio su apoyo a la nueva estructuración de los fieles a través de una serie de artículos que reclamaban la participación del laicado de toda la República de manera ordenada y coordinada, “ya que el concepto de organización implica el de unidad dentro de la diversidad de partes y funciones” (25). A lo largo de editoriales y columnas insistían en la necesidad irrevocable de alcanzar una entidad común y sistematizar jerárquicamente las funciones de los católicos pues, evidentemente, era el único camino que se veía posible para superar la innegable debilidad política de un actor que, al menos en números, ofrecía grandes potencialidades. Por lo tanto, insistían en presentar a la Acción Católica Argentina como una forma de acción social, comprensiva de todos los bienes individuales y privados, universales y públicos y, por lo tanto, también políticos (26).
El nacimiento de la Acción Católica Argentina, en clara concordancia con la política y los mandatos de la Santa Sede (27), tenía una doble función: por un lado, captar a las masas y hacerlas copartícipes del espíritu católico, es decir de la estructuración social y moral que la Iglesia pretendía imponer y que era fundamento de su poder. En ese sentido se trataba de generar una base católica que no escapara al control social y que respondiera, con criterios de identidad, a la Jerarquía Eclesiástica. Por otro lado, buscaban encauzar la energía militante de los cuadros intermedios, emergentes de las clases medias, que interesados por las cuestiones políticas y sociales estaban experimentando la crisis del sistema partidario. La Acción Católica buscaba crear una dirigencia intermedia, organizar las dimensiones parroquiales y municipales del interior, en tanto que los Cursos de Cultura Católica (28) estaban dirigidos a constituir y conformar solidamente los cuerpos dirigentes de la Iglesia Argentina, pero particularmente reforzar los vínculos doctrinales e institucionales de aquellos jóvenes que estaban “destinados” a ocupar posiciones centrales en el Estado y la política (29). Es decir, que la Iglesia trataba de aprovechar la crisis institucional del sistema liberal, en particular la falta de legitimidad de algunos sectores políticos para ubicarse en el centro de la escena política. En este sentido, la Acción Católica representaba la intención de penetrar en la sociedad con focos difusores de su doctrina y organizaciones de base que pudieran controlar y detener influencias adversas. Sin embargo, esto no significaba que asumiera esta ofensiva derechizadora oponiéndose a la totalidad de los partidos políticos, sino que pretendía establecer al catolicismo como el contenido ético de la vida política y la vida social, tanto como constituir a los católicos en un actor político con capacidad de presión a partir de su realidad numérica y de su identificación con la doctrina y el orden establecido por la Iglesia. Esto implicaba una serie de propósitos concretos y específicos, tales como una nueva articulación entre Estado e Iglesia, que no sólo implicaba la defensa de la enseña religiosa, el rechazo al divorcio, el cuestionamiento al patronato, sino que además implicaba un proyecto de poder trascendente que resultaba de adaptar la vida política y social de la nación a la doctrina de la Iglesia y construir el poder universal del Vaticano. De este modo, la Iglesia desarrollaba una práctica política que “renunciaba” a la idea de un partido propio a partir de un objetivo mayor, concentrando todos sus esfuerzos para consolidar la Acción Católica, y desde ella influir en todas las expresiones sociales y políticas de la nación, al tiempo que generar un espíritu “filo clerical” en toda la dirigencia –presente, pero especialmente futura- .
Para Antonio Gramsci la Acción católica era el verdadero partido político de la Iglesia (30), lo cual no deja de ser cierto. Pero también era más, era una estructura transpartidaria, una organización que no quedaba directamente expuesta a las alternativas coyunturales de los regímenes políticos. Como decía el propio Gramsci, la Iglesia tenía una mirada superadora, basada en su experiencia histórica, que en definitiva le mostraba que todo sistema político era transitorio. Por esa razón, la Iglesia siempre mantenía en estado de ambigüedad e indefinición su programa político y, por lo tanto, siempre podía adaptarse y estar en disponibilidad para nuevas articulaciones. O, quizás, y teniendo una mirada menos conspirativa, podría pensarse que también esta era una decisión forzada pues aun carecía de un programa político sólido y una fuerza política autónoma y articulada. Lo cierto es que la Acción Católica, por sus propósitos, tendía a crear una opinión pública a favor de sus principios rectores, invirtiendo la situación precedente, en la que la opinión pública les era adversa, o por lo menos indiferente y pasiva.
Esta apuesta del catolicismo, su ofensiva, partía de una situación de debilidad, ante un contexto en el que no ocupaban el espacio anhelado. Pero, además dicha ofensiva distaba de ser un simple intento de vuelta al pasado. Aunque muchos católicos integristas hayan aportado sus discursos reaccionarios y tradicionalistas, lo cierto es que en este período se podía observar una tentativa por adaptarse al nuevo contexto, a la nueva realidad, conservando lo que fuera posible y útil, pero también incorporando y aceptando las modificaciones que se habían operado en las últimas décadas. La dinámica de la sociedad siempre es compleja y el catolicismo era penetrado por el contexto, las masas estaban irremediablemente presentes en la política, por lo tanto lo que era imprescindible era atraerlas, adoctrinarlas y ponerlas al servicio de ese proyecto internacionalista y totalizador. De tal modo, el proyecto de construir una nación esencialmente católica en la década de 1930 (31) era en buena medida la reformulación y reajuste de un viejo plan del catolicismo, pero ahora redimensionado, transformado ante las nuevas circunstancias, de las que trataba de beneficiarse. En este sentido, como toda la cultura política de los años treinta, que se encontraba atravesada por las disputas de visiones políticas diferentes, “tradicionales”y “modernas”, los católicos expresaban una compleja hibridación de conceptos y prácticas nuevas y viejas. Como sucedía con los otros actores de esta naciente derecha autoritaria, el discurso más estrictamente reaccionario y declaradamente antiliberal no era más que una operación intelectual aglutinante e identitaria. La línea de Criterio, sobre todo a partir del liderazgo intelectual de Gustavo Franceschi, fue la de la adaptación a la nueva realidad, a las contingencias de las propias fuerzas, a las debilidades y fortalezas de los enemigos y de los posibles, y a veces circunstanciales, aliados. En ningún caso, se hicieron planteos doctrinarios y explícitos que hicieran referencia a una organización social alternativa a la existente, no existía la aspiración a un “nuevo orden social”. En principio, la perspectiva de la propuesta católica se limitaba a pretender la moralización de las prácticas políticas, el saneamiento de las instituciones, y la defensa de los derechos ‘naturales”de la Iglesia. En los pensamientos más ambiciosos, como el de Franceschi, la búsqueda debía encaminarse luego a catolizar a las mayorías, pero también a las elites, sobre todo a la población masculina, para lograr una penetración capilar del catolicismo en todas las instancias de decisión y poder. De esa manera, con funcionarios y gobernantes formados y respetuosos del “poder de Cristo” la Iglesia sería siempre la conciencia moral de la nación, su mentor y su juez. Se trataba, entonces, de fundarse como el poder superior, indiscutido, redimido de las circunstancias y coyunturas.
De allí, que el objetivo de la Iglesia, que Criterio difundía explícitamente y buscaba afianzar entre sus lectores, no era crear un partido católico (32) sino establecer los vínculos, conexiones y dependencias necesarias con los todos los posibles futuros gobernantes –dentro de los límites ideológicos viables-, para de esa manera lograr un poder, una influencia que sobrepasara la inestabilidad de los tiempos políticos, el ritmo de los regímenes y formas de gobierno y permitiera al catolicismo ser un actor político siempre presente, siempre vigoroso y eficaz, que permitiera sostener el ideal de perennidad. Lo que se pretendía era que el catolicismo estuviera por encima de las coyunturas políticas, “iluminara” a toda la vida política. Por eso, también puede entenderse el poco eufórico pero decidido apoyo de la Iglesia, expresado por Criterio, a la candidatura presidencial de Agustín P. Justo. Poco parecía importarle a la revista si el sentimiento católico del General era auténtico, resultaba evidente que era la única alternativa realmente existente con capacidad de frenar el crecimiento electoral –y la amenazante importancia de la fórmula De la Torre-Repetto- de la alianza entre los partidos Demócrata Progresista y Socialista.
Al mismo tiempo, la intimidación del comunismo (término que abarcaba a una gran variedad de movimientos, tendencias y expresiones políticas y culturales) con sus reclamos de igualdad, se constituyó en elemento unificador del catolicismo, y de todos los sectores de las derechas, ya que fue un instrumento válido para mostrar la necesidad de pactos entre los partidarios del orden y, probablemente, argumentar y sostener una práctica que distaba de las proclamas más radicalizadas. Lo cierto es que el catolicismo, y en particular la revista Criterio, mantuvieron una postura de moderado acompañamiento del gobierno del general Justo, que paulatinamente se fue debilitando, presentando mayores posturas ambiguas, acusando los límites que imponía el sistema. Si bien, a lo largo de este período se continuó reivindicando al presidente, fue más en una dimensión personal que política, al mismo tiempo que se cuestionaba la práctica política imperante. Se indicaba que se trataba de un régimen que no intentaba captar el voto radical y lo impulsaba, a partir de ofensas y discriminaciones, hacia el voto socialista. Entendían que el régimen mostraba una alarmante incapacidad para crear un partido con pretensiones doctrinarias trascendentes y que estaba dispuesto a políticas electorales poco claras, a la “corrupción de los métodos políticos”. Era, en ese sentido, clara expresión de la debilidad de la derecha (33) y se conformaba como un “régimen suicida” que no tenía posibilidades de sobrevivir, pues si no lo aniquilaba el comunismo, lo eliminaría el instinto de defensa social (34).

Ese progresivo recorrido, encarnado centralmente por la dirección de Franceschi, era resultado de la concepción política que este intelectual definía como “la política de la presencia y de la vida”. Vivir políticamente significaba atender al contexto, ser ágil en el pensar y poseer un efectivo realismo intelectual (35). En esa dirección se encaminaba también la creciente crítica al equipo gobernante y, sobre todo, a los sectores conservadores que contemplaban a Franceschi con gran desconfianza. Escrúpulos que seguramente se habrán ampliado cuando en Criterio comenzaron a publicarse algunos artículos de aquellos que se estaban convirtiendo en los más despiadados detractores, desde un enfoque de derecha, de la corporación política: es decir los hermanos Irazusta y Ernesto Palacio (36). Franceschi apuntaba que el descreimiento y la desconfianza hacia los políticos era presagio de cambios sustanciales en la manera de gobernar (37). La falta de legitimidad de los políticos podía llevar a un desborde social si no se articulaba una respuesta coherente desde una posición de orden. Sin embargo, insistía una y otra vez que ese cambio no podía producirse de repente sino que se debía transitar por un período de reformas parciales, de evolución hacia un nuevo rumbo político. De ahí, la postura muchas veces vacilante que asumía Criterio y que iba desde la censura hasta el sostén del gobierno y del “fraude patriótico”, sobre todo porque el catolicismo no era un actor político con la fuerza suficiente, ni con un proyecto político claramente definido, como para independizarse completamente de los sectores políticos tradicionales, ni había sellado alianza con fuerzas políticas de verdadera trascendencia que le permitieran encabezar un movimiento político autónomo.



(*) Departamento de Historia.
Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional
del Centro de la Provincia de Buenos Aires
oechev@speedy.com.ar


NOTAS:
(1) El trabajo de María Elida Blasco evidencia que la identificación entre catolicismo y nacionalidad se estaba desarrollando con bastante anterioridad a la década del 30. María Elida Blasco: “La tradición colonial hispano-católica en Luján. El ciclo festivo del Centenario de la Revolución de Mayo”, en Anuario del IEHS, 2002. Para la definición de la nación católica en la década del treinta véase Loris Zanatta: Del Estado Liberal a la nación católica, Quilmes, Universidad Nacional de Quilmes, 1996 y Susana Bianchi: Biografía de Santiago Luis Copello, en Olga Echeverría y Ricardo Pasolini: Entre anónimos y notables. Biografías políticas argentinas, en prensa.
(2) Al respecto y con un alto valor simbólico puede recordarse que a poco de asumir, Uriburu y su familia participaron de la procesión del 8 de diciembre. Un gesto que expresaba públicamente la comunión entre Estado e Iglesia.
(3) Criterio 160, 26 de marzo de 1931, p. 395. También puede verse Criterio 143, 27 de noviembre de 1930, p. 686.
(4) “El momento político”, en Criterio 162 , 9 de abril de 1931, p. 100.
(5) Criterio 164, 23 de abril de 1931, p. 131-132.
(6) “Iglesia y Estado”, en Criterio 178, 30 de julio de 1931, p. 145
(7) “La Iglesia y el Estado”, en Criterio 179, 6 de agosto de 1931, p. 180. En la misma línea puede verse Criterio 191, 29 de octubre de 1931, pp. 137-138
(8) Susana Bianchi: Biografía de Santiago Luis Copello, p. 8. La autora señala que era necesario que el catolicismo tuviera una fuerte presencia en toda la sociedad. A partir de una concepción integrista de la religión, el Arzobispo de Buenos Aires tenía como objetivo de su función episcopal dirigir a las inteligencias y formar moralmente al pueblo.
(11) Criterio 186, 24 de septiembre de 1931, p. 393 y Criterio 187, 1 de octubre de 1931, p. 7
(10) “Precauciones ante los riesgos de la reforma”, en Criterio 144, 4 de diciembre de 1930, pg. 717
(11) “El camino a seguir”, en Criterio 146,, 18 de diciembre de 1930, p. 781.
(12) Criterio 153, 5 de febrero de 1931, p. 169
(13) “Un caso práctico”, en Criterio 157, 5 de marzo de 1931, p. 298
(14) “En el tercer aniversario”, en Criterio 158, 12 de marzo de 1931, p. 329
(15) “En el tercer aniversario”, en Criterio 158, 12 de marzo de 1931, p. 329
(16) Pastoral, reproducida en Criterio 159, 19 de marzo de 1931, p. 358
(17) “Los obispos católicos y la política”, en Criterio 162, 9 de abril de 1931, p. 63
(18) “Faltar a la verdad”, en Criterio 162, 9 de abril de 1931, p. 65
(19) Editorial, Criterio 163, 16 de abril de 1931, p. 99.
(20) Julio Meinvielle: “¿Una Pastoral política?”, en Criterio 164, 23 de abril de 1931, p. 139. En el mismo artículo, Meinvielle escribía que la propuesta del Partido Demócrata Progresista no era más que una “plataforma impía” que revestía el carácter de un “pecado público”
(21) José Ignacio Olmedo: “Nuestra conciencia católica”, en Criterio 172, 18 de junio de 1931, p. 396. La referencia al protestantismo no era la única que apareció en este período.
(22) Obviamente el objetivo de esta institución trascendía largamente la búsqueda de la “salvación de las almas”, sino que tenía una clara función social. Función que, además, quedó evidenciada, y reforzada, por la creación del Secretariado Económico Social.
(23) Pastoral del Episcopado a propósito de la creación de la Acción Católica Argentina.
(24) Pastoral del Episcopado a propósito de la creación de la Acción Católica Argentina.
(25) “La Acción Católica Argentina”, en Criterio 169, 28 de mayo de 1931, p. 291
(26) “La Acción Católica Argentina”, en Criterio 169, 28 de mayo de 1931, p. 291. En otros números se mostraban complacidos por la rápida y profunda extensión de La Acción Católica Argentina. Véase Criterio 170, 4 de junio de 1931, p. 325.
(27) Fortunato Mallimacci: “Movimientos laicales y sociedad en el período de entreguerras. La experiencia de la Acción Católica Argentina”, en Cristianismo y sociedad Nº 108, 1991, pp. 35 a 71.
(28) Durante todo este período, los Cursos continuaron con su intensa actividad de instituto universitario y promotor de la cultura católica. Al mismo tiempo actuaron como centro aglutinante y contenedor de la juventud argentina educada, a la que se integraba bajo la consigna del compromiso de una generación argentina “esperanzada”. También es interesante señalar que los cursos reforzaron los estudios doctrinales incorporando a su plan de estudios las asignaturas Teología Fundamental, Derecho Canónico, Doctrina Espiritual (Ascética y Mística), Enseñanzas Pontificias y Acción Católica. Raúl Ribero de Olazábal: Por una cultura Católica, Buenos Aires, Editorial Claretiana, 1986, p. 39 a 61
(29) En este intento de la Iglesia por estrechar sus nexos con las clases dominantes de la Argentina, los Cursos de Cultura Católica desarrollaron a lo largo del período clases de extensión sobre Dogma, Moral , Liturgia, Santa Misa, y una serie de clases especiales, cursillos y conferencias de análisis de “cultura profana” para lograr construir un arte y una ciencia al “servicio de Cristo”.
(30) Antonio Gramsci: Las maniobras del Vaticano, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1966, pg. 53
(31) Loris Zanatta: Del Estado liberal a la nación católica, Quilmes, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, en particular véase la introducción.
(32) El debate sobre la viabilidad de un partido católico estuvo presente en las páginas de Criterio, con una apreciación inicial –y contraria a la conformación de un partido de esas características) del sacerdote Ferreyra (Criterio 152, 29 de enero de 1931). Un tiempo después aparecería la respuesta del promotor más destacado de una salida política católica, José Pagés, quien sostenía que el ciudadano católico no podía desinteresarse de la política, ya que en el hombre con fe, la ciudadanía se elevaba por las virtudes morales que entrañaba el hecho de ser católico. Pero, además, ante la falta de un partido de católicos terminaban afiliándose a otros partidos y “terminaron perdiéndose para la causa”. Véase José Pagés: “Los católicos y la política”, en Criterio 188, 8 de octubre de 1931, pp. 52 a 54 y Criterio 189, 15 de octubre de 1931, pp. 86. Para un análisis algo más detallado del Partido Popular y otras experiencias políticas de algunos sectores del catolicismo puede consultarse: Néstor Tomás Auza: Los católicos argentinos, su experiencia política y social, Buenos Aires, Claretiana, 1984, pp. 51 a 56
(33) Gustavo Franceschi: “El sentido de las elecciones”, en Criterio 370, 4 de abril de 1935, p. 318
(34) Gustavo Franceschi: “Un régimen suicida”, en Criterio 371, 11 de abril de 1935, p. 344.
(35) Gustavo Franceschi: “Dirección”, en Criterio 223, 9 de junio de 1932, p. 245
(36) En esos artículos, los otrora editores de La Nueva República desplegaban sus ya conocidos cuestionamientos a la oligarquía. En un sentido utilizaban a Criterio como un canal de comunicación con la opinión pública ya que desde la desaparición de su publicación no tenían un espacio propio para difundir sus conceptos y propuestas. Al respecto puede verse Ernesto Palacio: “Política y partidos”, en Criterio 254, 12 de enero de 1933, pp. 33-34. También por la misma época en la sección literatura dedicaron semblanzas a Julio Irazusta y a Rodolfo Irazusta. Véase Criterio 254, 12 de enero de 1933, pp. 40-41.
(37) 257, 2 de marzo de 1933, pp. 102